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jueves, 17 de octubre de 2024

MONUMENTO BARBARA JOSEFA PLAUL DE LOB 1897

 


Nombre: Bárbara Josefa Plaul de Lob

Categoría: Monumento Funerario

Data: 1897

Ubicación: Seccion 13, división 2, sepulturas 54 y 55

Constructor: S/D

Características: Simple túmulo prismático rodeado por pilares que sostienen cadenas. En su cabecera, una estela marmórea de base cuadrangular presenta, en el nivel inferior, el epitafio de la difunta; y en el nivel superior, un templete o baldaquino tallado de estilo gótico. La cara principal del templete está ornamentada en su interior con uvas, hojas de parra y un ancla[1]. Curiosamente el conjunto remata en una forma bulbosa de la que brota una pequeña mano que señala al cielo.

Bárbara Josefa Plaul Schwartz nació el 12 de enero de 1817, en Martinsthal; Reino de Prusia. Fue la primera de los ocho hijos de la pareja formada por Sebastian Plaul y Catarina Schwartz. Sebastián, que era viñatero, llegó con su familia al país en 1825 a raíz de un contrato con el Gobierno de Buenos Aires, para estimular la producción vitivinícola en la Provincia. Los gastos de la Guerra con el Brasil, hicieron fracasar el proyecto, pero los Plaul se asentaron en lo que después sería Barracas al Sud, en tierras que hoy pertenecen al Partido de Lanús.

Bárbara se casó alrededor de 1835 con José Lob con quien tuvo siete hijos, entre ellos José, que llegó a ser integrante del cuerpo municipal entre 1880 y 1885. Lob falleció en 1854 de tuberculosis y sus restos fueron enterrados en el Viejo Cementerio Protestante (actual Plaza Victoria). Al año siguiente Bárbara se volvió a casar con Carlos Herrman (1821- 1885). Los dos maridos de Bárbara eran de origen alemán, lo que muestra las prácticas endogámicas de las primeras generaciones de inmigrantes.

Durante su larga vida (de acuerdo a los cánones de la época), Bárbara fue testigo de cómo las bucólicas tierras al sur del Riachuelo se transformaban en un incipiente polo industrial, pero también debió presenciar tragedias como la de sus hermanos Pedro y Santiago:

…”Pedro y Santiago se casaron (respectivamente) con las hermanas Ramona y Mariana Petry Ferber. Esta última dio a luz el 15 de diciembre de 1867 a una niña, Cristina; la octava hija del matrimonio. Al otro día, se iniciaba la epidemia de cólera en Barracas al Sud, pero quizás lo que más haya preocupado a Santiago entonces, fue que Mariana sufrió serias complicaciones tras el parto, por las cuales padeció algunas semanas de agonía.

Con Mariana en ese estado y en un contexto cada vez más ominoso, Sebastián se las ingenió para bautizar a la recién nacida en la nochebuena de 1867; sin saber que días después comenzaría a evidenciar los primeros síntomas del Cólera, que también afectó a su sobrino Jorge, de 12 años; uno de los nueve hijos de Pedro.

La segunda quincena de enero del ’68 fue terrible: El 19 de enero murió Mariana, el 20 de manera repentina falleció Pedro; el 21, de cólera, Santiago; y finalmente el 23; del mismo mal, el joven Jorge. Todos fueron enterrados en el Cementerio Provisorio.

La hija mayor de Santiago y Mariana, Catalina; contaba con diecisiete años cuando quedó huérfana; y tres años después en febrero de 1871 (plena epidemia de Fiebre Amarilla) se casó con Juan Celedonio del Corazón de Jesús Farrell, con quien tuvo 11 hijos, de los cuales el menor fue, nada más y nada menos, el Presidente de Facto Edelmiro Julián Farrell (1887- 1980)”…[2]

El 2 de junio de 1897 Bárbara falleció a los 80 años, y sus hijos levantaron el monumento que hasta el día de hoy la recuerda.



[1] Cabría pensar que la vid y las hojas de parra remitían al oficio tradicional de la familia Plaul. No obstante, simbólicamente la vid es un árbol sagrado, que produce vino, la bebida de los Dioses; especialmente de Dionisio, emparentado con los Misterios de la Muerte. …”La vid es la expresión vegetal de la inmortalidad; el vino de la juventud y la vida eterna”… CHEVALIER,  Op. Cit.

El Ancla, por otro lado, aludiría a la firmeza, la solidez y también a la esperanza.

[2] WIECKIEWICZ, Agustin “Los Cementerios Viejos en la Provincia de Buenos Aires: El Caso de Barracas al Sud (1854- 1876)”, Monografía inédita, 2022

 


PANTEON GAETE 1888

 



Nombre: Carmelo Gaete

Categoría: Panteón familiar

Data: 1888

Ubicación: Sección 13, división 1, sepulturas 4 a 7

Constructor: S/D

Características: El Panteón Gaete es una obra neorrenacentista con algunos detalles góticos, como su entrada ojival, que se replica en la capilla interna y en la linterna que remata la cúpula acampanada. Está revestida con mármol de dos tonos, y delicadamente ornamentada, con pilastras corintias decoradas con antorchas cruzadas[1] en su base. En el friso, una placa nos informa que este es un “Sepulcro destinado a la memoria de Carmelo Gaete por sus queridos Padres”. El frontis triangular, internamente lobulado; está decorado con hojas de acanto, una especie de rosetón que informa el año de construcción del panteón, y un relieve que representa a un ángel dormido. En la cima de la construcción, otro ángel carga una cruz y mira al cielo como pidiendo una explicación.

La vida de Carmelo Gaete, de 22 años, se interrumpió accidentalmente el 27 de mayo de 1888, cuando realizaba un trabajo acarreando hacienda en la zona de Rauch. Su cadáver llegó a Barracas al Sud un mes más tarde, para gran consternación de sus padres, que levantaron este monumento a su memoria.

El interior del Panteón Gaete guarda una sorpresa…

 Allí, entre los numerosos ataúdes apilados se divisa una pequeña placa de mármol que reza los siguiente:

“Aquí yacen los restos de Lorenzo Gaete, que falleció el 22 de enero de 1868 a la edad de 22 años. Sus queridos hermanos le dedican este eterno recuerdo”.

La placa parece hecha para una sepultura de tierra, más que para una capilla, por lo que, probablemente, se trasladó desde Cementerio Provisorio junto con los restos de Lorenzo.

Lo que la placa no dice es de qué murió el joven, pero los libros de muertos de la Parroquia Nuestra Señora de la Asunción completan el rompecabezas:

Lorenzo Gaete falleció de cólera.

Su placa es el único testimonio visible que aún subsiste de las casi 200 personas que se llevó la epidemia en el terrible verano de 1868[2].

 



[1] …”La antorcha es el símbolo de la purificación por el fuego y la iluminación. Es la luz que ilumina la travesía de los Infiernos y los caminos de la iniciación. Al apuntar hacia el cielo es la búsqueda del Ser Humano; su variante invertida sería la Muerte, el fin del ciclo de la vida y el inicio de otra nueva”… CHEVALIER, Op. Cit.

[2] WIECKIEWICZ, Agustin “Los Cementerios Viejos en la Provincia de Buenos Aires: El Caso de Barracas al Sud (1854- 1876)”, Monografía inédita, 2022

HOMENAJE A CATALINA DORNALETCHE

 






El 4 de octubre de 2022, nos encontramos en el Cementerio de Avellaneda con los miembros del grupo haspandarra HASPARNEKO JOLADUNAK para realizar un homenaje a Catalina Dornaletche, que contó con la presencia de Norma Ríos de la Subcomisión de Cultura del Centro Vasco Francés, y las autoridades de la necrópolis. Como no todos los Joaldunaks hablaban castellano, los que sí lo hacían, oficiaban como traductores. De esa manera fuimos recorriendo lugares significativos de la necrópolis, hasta llegar a la sepultura de Catalina.

Allí realicé un resumen de la vida de la homenajeada que se completó con palabras de las autoridades presentes; quienes subrayaron la importancia de visibilizar a una mujer que podía considerarse un “arquetipo” de muchas otras. Finalmente, el grupo entonó en euskera, dos canciones seleccionadas especialmente para la ocasión.

La primera de ellas, “Loretxoa” (“Florecilla”) fue seleccionada, ya que el grupo observó cierta analogía entre la flor que quería tener una nueva vida y Catalina:

 

LORETXOA

FLORECILLA

Mendian larrartean
Aurkitzen da loretxo bat
Aurrean umetxo bat
Loretxoari begira.

Loreak esan nahi dio
“Umetxo aska nazazu,
Jaio naiz libre izateko
Ta ez loturik egoiteko”

Umetxoak ikusirik
Lorea ezin bizirik
Arantzak kendu nahi dizkio
Bizi berri bat eman,
Orduan izango baitu

 

En las montañas, en medio del páramo,

Hay una pequeña flor.

Frente a él, un niño pequeño

Mirando la flor.

 

La flor quiere decirle:

"Niño pequeño, libérame

He nacido para ser libre

Y no estar atada”.

 

El niño pequeño, al ver la flor

No poder vivir

Quería quitarle las espinas,

Y darle una nueva vida.

 

La segunda, “Itsasontzi Baten” (“En un Barco”), alude obviamente a la emigración y a las esperanzas de volver algún día a la tierra natal:

 

ITSASONTZI BATEN

EN UN BARCO

Itsasontzi baten
Euskal Herritik kanpora
naramate eta ez dakit nora. (bis)
Agur nere ama
laztan goxoari
agur nere maite politari
ez egin negar
etorriko naiz
egunen baten
pozez kantari

Itsasontzi baten...

Agur senideak
agur lagunari
agur Euskal Herri osoari.
Ez egin negar
etorriko naiz
egunen baten
pozez kantari
Gora Euskal Herri
Gora Euskal Herri
Gora Euskal Herriari.

 

En un barco

Fuera del País Vasco

Me están llevando y no sé adónde. (dos veces)

Adiós mi madre

caricias dulces

adiós mi amor hermoso

no llores

volveréé

Un día

cantando con alegría

Un barco...

 

Adiós parientes

adiós amigo

adiós a todo el País Vasco.

no lloren

Volveré

Un día

cantando con alegría

Viva el País Vasco

Viva el País Vasco

Viva el País Vasco.

 

 

Mientras los Joaldunak entonaban las canciones, pensaba qué sentiría Catalina al ver que alrededor de su sepultura, más de veinte personas la estaban recordando en su idioma natal, y en el que (quizás) adquirió por elección. Sólo por ese momento, creo que la investigación realizada valió la pena. A partir de allí, Catalina no solo sería la sepultura más antigua del Cementerio sino también el nexo de unión entre Avellaneda, Hasparren; y el País Vasco en general.


LA SEPULTURA MAS ANTIGUA

 



En el Cementerio actual de Avellaneda subsisten ecos de los viejos enterratorios, gracias a que muchas familias se tomaron el trabajo de exhumar a sus seres queridos y darles un nuevo lugar.

Por eso, en sus primeros años, el Cementerio actual debió estar repleto de lápidas y monumentos trasladados, que fueron desapareciendo a medida que las familias construían sus bóvedas y agrupaban a todos sus miembros. Los restos se reducían y se depositaban en una urna (como en el caso de Santiago Amoretti), y en algunos casos también se conservaba alguna placa (como en el caso de Lorenzo Gaete).

Sin embargo, existe una excepción a esta regla: Se trata de un corralito funerario con tres placas de mármol alineadas horizontalmente, que informa lo siguiente:

“Aquí yacen los restos mortales de Catalina Apat, que falleció el 30 de julio de 1867 a la edad de 45 años, Q.E.P.D”

Catalina era una inmigrante que venía de un pequeño pueblo del País Vasco Francés, Hasparren. Junto con su marido llegaron a la Argentina y se instalaron en el flamante partido de Barracas al Sud, donde se dedicaron a la zapatería. Tuvieron una hija que falleció a poco de nacer, víctima del tétanos neonatal.

Al morir Catalina, en 1867, su marido Jean Aphat, mandó a construir la humilde sepultura; y a pesar de ser analfabeto; pidió que se le agregue el conciso epitafio. Todo el conjunto se trasladó al Cementerio actual entre 1876 y 1878. Luego Jean se fue a vivir ya morir en Dolores.

La sepultura de Catalina era como había sido ella, una más entre tantas; pero a diferencia de las otras se mantuvo. Aunque a su alrededor se hayan levantado bóvedas más imponentes.

Paradójicamente, su ostentoso entorno no hace más que resaltarla y recordarle a los que por allí pasan, que se trata de la más antigua de todas.



EL PANTEON VIAJERO DE ORTIZ

 

El hecho de haber donado los terrenos donde se emplazó el Cementerio Viejo, le dió a Juan Tomás Ortiz alguna que otra prerrogativa que su hijo Benjamín se encargó de hacer valer ante la falta de memoria municipal.

Cuando Juan Tomás falleció, a inicios de la década del ’60, fue depositado en una de las pocas bóvedas con las que contaba el humilde enterratorio, en un lugar seleccionado de manera aleatoria.

El problema surgió cuando se iniciaron las reformas para hacer del Cementerio un lugar más ordenado. Porque la Bóveda Ortiz se emplazaba justo en el lugar donde pasaría una de las calles principales.

Ni lerdo ni perezoso, Benjamín Ortiz pidió a la Municipalidad que, atendiendo a la donación realizada por su padre, se traslade la Bóveda a un lugar más apropiado sin ningún costo.

Más tarde, 1868, el Cementerio Viejo fue clausurado por primera vez, y parecía que el terreno donado por la Señora Piñeiro se convertiría en el nuevo enterratorio.

Ni lerdo ni perezoso, Benjamín Ortiz pidió a la Municipalidad que, atendiendo a la donación realizada por su padre, se ponga a su disposición un terreno para trasladar la Bóveda familiar sin ningún costo.

Finalmente, en 1876 se inauguró el nuevo y definitivo Cementerio de Barracas al Sud, ordenándose la exhumación y traslado de los restos del viejo.

Ni lerdo ni perezoso, Benjamín Ortiz pidió a la Municipalidad que, atendiendo a la donación realizada por su padre, se ponga a su disposición un terreno para trasladar la Bóveda familiar sin ningún costo.

En mayo de 1880, la municipalidad concedió a Ortiz el pedido correspondiente. Al mes siguiente, el 20 de junio de 1880, cayó muerto de un balazo en el Combate de Puente Barracas defendiendo la causa tejedorista.

Si bien no pudo evitar que Buenos Aires se convierta en la capital del país, al menos logró hacer valer la donación de su padre.

PARTIDA DE DEFUNCION DE DON BENJAMIN ORTIZ


FLORENTINA BIRABÉ... ¿LA MÁS LONGEVA DE TODAS?

 FRAGMENTO DE WIECKIEWICZ, "Los Cementerios Viejos en la Provincia de Buenos Aires: El caso de Barracas al Sud", MONOGRAFÍA PRESENTADA EN EL CONGRESO DE HISTORIA DE AVELLANEDA

El 21 de junio de 1867, el Párroco Sebastián Lozano dio licencia para sepultar los restos de Florentina Birabé, nacida en Misiones. Hasta aquí nada de otro mundo, a no ser por los “ciento veinte y cinco años” con los que falleció. Irónicamente, Lozano no establece las causas de su muerte, pero sí de consignar su obvia viudez.

Según el censo de campaña ordenado por Rosas en 1838, Birabé vivió en una zona llamada “Ombú del Preciado”, en el actual partido de Lanús, y considerando la edad de su partida como veraz, podríamos deducir su fecha de nacimiento entre 1741 y 1742 (ni siquiera existía el Virreinato del Río de la Plata).

Si la dudosa cifra asentada en el libro parroquial fuese cierta, Florentina no solo sería la persona más longeva de la historia del Partido, sino del País; aventajando a la recientemente fallecida Casilda Benegas (nacida en Paraguay), que llegó a soplar 115 velitas. Incluso superaría los 122 años a los que llegó la francesa Jeanne Calment, considerada el caso registrado de mayor longevidad a nivel mundial.

Quizás el Cementerio Viejo recibió los restos de la persona que más cerca estuvo de vencer a la muerte.


Partida de defunción de Florentina Birabé... 125 años!!!

PRINCIPALES CAUSAS DE MORTALIDAD EN BARRACAS AL SUD (1859- 1876)

FRAGMENTO DE WIECKIEWICZ, "LOS CEMENTERIOS VIEJOS EN LA PROVINCIA DE BUENOS AIRES: EL CASO DE BARRACAS AL SUD 1854- 1876) MONOGRAFIA PRESENTADA EN ELCONGRESO DE HISTORIA DE AVELLANEDA 2024

Si bien los Párrocos tenían la obligación de registrar las defunciones en el Libro de Muertos, en un principio no había una fórmula protocolar de asentarlas, por lo que hasta 1859[1], sacando la fecha, el nombre del difunto y su condición de adulto o párvulo; cualquier otra información dependía arbitrariamente del sacerdote (que mayormente no se explayaba demasiado).

Fue el presbítero Domingo Alemán, quien en septiembre de 1859 inició una práctica valiosísima como fuente de información: La de registrar las causas de los fallecimientos; costumbre que continuarán Sebastián Lozano e Ildefonso Dorronsoro (los otros párrocos que tuvo Nuestra Señora de la Asunción en el período estudiado). Gracias a ellos podemos observar las principales causas de mortalidad de la época[2].

PRINCIPALES CAUSAS DE MORTALIDAD ADULTOS 1859- 1876

CAUSA

CANTIDAD BRUTA

PORCENTAJE

OBSERVACIONES

COLERA MORBUS

212

9,7

Foco 1868. Leve Rebrote 1874

TUBERCULOSIS

144

6,4

 

VIRUELA

128

5,6

Focos 1868, 1871 y 1872

FIEBRE AMARILLA

120

5,5

Foco 1871

HIGADO/HEPATITIS

69

3,2

 

REPENTINAMENTE

67

3,1

 

VEJEZ

66

3

 

PULMONIA

66

3

 

FIEBRE

54

2,5

 

TIFUS

52

2,4

Leve pico en 1866

SOBREPARTO

49

2,2

 

 

De acuerdo a esta lista, se observa una cierta heterogeneidad en las causas de mortalidad en adultos; aunque las enfermedades infectocontagiosas sumadas representan aproximadamente un tercio de la mortalidad total, problemática típica del siglo XIX y relacionada con las malas condiciones de salubridad, la pobreza y el desconocimiento de tratamientos adecuados,

El Cólera Morbus, del que ya nos hemos ocupado, con casi un diez por ciento es la principal causa de fallecimientos, pero aparece muy puntualmente entre fines de 1867 y principios de 1868, con un leve rebrote en 1874. Su efecto repentino y devastador, fue el gran causante de la primera clausura del Cementerio Viejo.

Más constante fue la tuberculosis, con un promedio de 10 casos anuales. Enfermedad llena de prejuicios, a lo largo del siglo XIX no se creía en su contagio, sino que se le daba un carácter hereditario, el cual se activaba por componentes climáticos, alimentación insuficiente, aire viciado, trabajo excesivo, onanismo y “degeneración moral”[3].

A pesar que ya existía la vacuna contra la viruela, este mal seguía siendo una enfermedad mortal para un tercio de los que la padecían[4]. Su carácter altamente contagioso generó tres picos importantes en Barracas al Sud: el de 1868, 1871 y 1872. Tres cuartos de los adultos fallecidos por viruela murieron en esos tres años.

La Fiebre Amarilla, con su pico en 1871, fue proporcionalmente mucho más leve que en la Ciudad de Buenos Aires. Evidentemente las medidas sanitarias tomadas por la municipalidad (aún inspiradas por conceptos erróneos) dieron sus frutos, entre ellas la clausura definitiva del Cementerio Viejo.

Otras enfermedades infecciosas que aparecen en la lista son la Hepatitis (confundida en esa época con la cirrosis), la pulmonía, el tifus y la difícilmente clasificable “fiebre”; aunque no presentan picos importantes.

La principal causa de mortalidad no infecciosa es la “muerte repentina”, donde probablemente podríamos ubicar a los fallecidos por problemas coronarios sin síntomas previos claros. Muy cerca de ella, “la vejez”, aparece como una manera de explicar los fallecimientos sin causa aparente, pero a una edad avanzada, que para la época podía ser superar los 70 años[5].

 

PRINCIPALES CAUSAS DE MORTALIDAD PARVULOS 1859- 1876

CAUSA

CANTIDAD BRUTA

PORCENTAJE

OBSERVACIONES

TETANOS NEONATAL

1358

43

 

FIEBRE

380

12

 

VIRUELA

148

4,7

Focos 1868, 1871 y 1872

LLAGAS GARGANTA

133

4,2

Especialmente 1865 a 1867

EMPACHO

116

3,7

 

DENTADURA

88

2,8

 

LUEGO DE NACIDO

67

2,1

 

SARAMPION

55

1,7

 

TOS CONVULSA

36

1,1

 

DIARREA

34

1

 

CRUP

25

0,8

 

MENINGITIS

17

0,5

 

 

La categoría “Párvulos” englobaba a los niños menores de siete u ocho años. A diferencia de los adultos, aquí se observa un altísimo porcentaje de víctimas fallecidas por el “tétanos neonatal”, que supera ampliamente a epidemias espectaculares como el cólera o a la fiebre amarilla. De hecho, en términos absolutos, 1 de cada 4 fallecidos entre 1859 y 1876 (o sea el 25%), murió por esta razón.

El tétanos neonatal[6] irrumpía por la infección que se generaba en el niño al cortarse el cordón umbilical sin ningún tipo de asepsia. Comenzaba a manifestarse algunos días después del nacimiento con dificultades para alimentarse, trabazón de mandíbulas y llanto excesivo; a lo que sucedían violentas fiebres y convulsiones. En los registros, esta enfermedad también aparece como “mal de los siete días”, “pasmo” o “alferecía”. Ignorantes de la verdadera razón del mal, las familias protegían a los niños aislándolos durante sus primeros días de vida, y cuando la tragedia se suscitaba, se resignaban a aceptar la voluntad de Dios, que había querido sumar a un nuevo “angelito” en el cielo.

Si al tétanos neonatal le sumamos los fallecimientos “luego de nacido” y “dentadura”, fácilmente podemos concluir que la mayoría de los párvulos que ingresaban al cementerio no llegaban al año de vida. Es difícil imaginar cómo esta tendencia se materializaba en la geografía del enterratorio, un verdadero “Cementerio de Bebés”.

Después de la heterogénea y difusa categoría “fiebre” aparece la viruela, con picos importantes en 1868, 1871 y 72; un poco detrás las “llagas en la garganta”, de particular desarrollo entre 1865 y 1867; y también el sarampión. Esto demuestra un claro predominio de las enfermedades infecciosas en una época carente de las vacunas que, a partir del siglo XX redujeron notablemente la mortalidad infantil.

En los libros de muertos de Nuestra Señora de la Asunción no solamente se asentaron enfermedades como causas de mortalidad. Existe un pequeño porcentaje de muertes traumáticas, transcriptas de manera muy discreta por los Párrocos, pero gracias a las cuales podemos concluir que el principal peligro que afectaba a los vecinos de la primitiva Barracas al Sud (sacando las infecciones) era el ahogarse en el Riachuelo, o en alguno de los arroyos de la zona, especialmente en épocas de crecida. De hecho, la primera causa de muerte traumática registrada en Barracas al Sud es la de “un hombre ahogado encontrado en el Río del Paso de Burgos” el 16 de septiembre de 1859.

En segundo lugar, aparecen los homicidios, más por armas blancas (“puñaladas”) que por armas de fuego (“de un tiro”); y causados posiblemente por enfrentamientos entre particulares, más que por robos. Tengamos en cuenta, que en una época en la que el Estado aún no tenía el absoluto monopolio de la fuerza, la probabilidad de que dos individuos estuviesen armados y pudiesen finalizar desgraciadamente un conflicto era más bien alta. El primer fallecido registrado por esta razón es el “francés” Juan Saldumbide, quien fue asesinado el 6 de noviembre de 1859 a los 64 años.

El resto de los fallecimientos traumáticos tiene que ver con “accidentes” de diversa índole, que vistos en conjunto nos hablan de una sociedad que aún no ha dejado de ser del todo rural (“Rodada de caballo”, “apretado por una carreta”, “atropellado por novillos”); pero que ya avizora su futuro urbano e industrial (“apretado por una máquina de vapor”, “atropellado por el ferrocarril”).

Como curiosidad, al menos dos personas enterradas en el Cementerio Viejo murieron fulminadas por un rayo: Miguel Navarro, de 35 años, el 28 de mayo de 1862; e Ignacio Maisterena, de 17 años, el 22 de febrero de 1870.



[1] En rigor, el Gobierno del Estado de Buenos Aires, a través del Decreto 1740 de 1857, había establecido un protocolo para registrar a los fallecimientos, pero en Barracas al Sud, el Párroco de entonces, Manuel María Erausquín no habría observado esta disposición, generando el reclamo del entonces Juez de Paz, Manuel Estévez. Ver ECHAZARRETA, Op. Cit.

[2] Recién a partir de 1868, en los libros de muertos aparecen prefijadas todas las cuestiones a asentar.

[3] Sobre los prejuicios que rodeaban a la tuberculosis ver ARMUS, Diego; “La Ciudad Impura, Salud, Tuberculosis y Cultura en Buenos Aires 1870- 1950”, EDHASA, 2007

[4] VON WICHMANN, Op Cit.

[5] Sobre ese tema ver OTERO, Hernán; “Mortalidad y percepción de la vejez. El caso argentino 1850- 1950” en Quinto Sol, Vol 22, N° 2 Mayo- Agosto 2018

[6] Sobre el tétanos neonatal y otras causas de mortalidad infantil de la época nos hemos basado en el trabajo de COWEN, Miguel; “La muerte niña, Las patologías de la primera infancia en Buenos Aires. Fines del siglo XVIII- Primeras décadas del siglo XIX”. En Memoria Académica. Disponible en:

http://www.memoria.fahce.unlp.edu.ar/art_revistas/pr.2911/pr.2911.pd

 


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