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martes, 15 de octubre de 2024

LA FUNDACION DEL CEMENTERIO ACTUAL

 FRAGMENTO DE WIECKIEWICZ, "El Cementerio de Avellaneda, una descripción posible"; TRABAJO EN PROCESO DE REDACCIÓN

En el segundo semestre de 1874 se realizaron tratativas entre los Bedoya y la corporación municipal presidida por Manuel Estévez, y se acordó la compra de un terreno de 200 varas de frente y 141 de fondo sobre la actual avenida Crisólogo Larralde. Estas aproximadamente 2 hectáreas constituirán el núcleo originario del actual cementerio. El valor fijado fue de 10000 pesos de la época, a pagar en dos mitades, una en el momento, como compromiso de venta y la otra al realizarse la escritura definitiva.

El proceso de escrituración se dilató más de lo previsto dado que los Bedoya debían arreglar la sucesión de sus padres y, por otro lado, Tristán falleció en 1876, demorando las cosas. La segunda cuota del trato se terminó de pagar en 1889 y recién en 1892 pasó a nombre de la municipalidad.

Después de pagar el compromiso de venta, en 1875; se iniciaron las obras en el lugar que ocuparía el nuevo cementerio. Las mismas se financiaron con recursos propios, suscripción popular; y una subvención del gobierno de la Provincia de Buenos Aires, que, si bien no cubrió el presupuesto calculado, sirvió para delimitar el terreno, construir un muro perimetral y un portón de hierro.

El 28 de diciembre de 1875 se intentó fijar un día para la inauguración oficial; pero, a falta de testimonios, no sabemos si esta se llevó a cabo. Lo que sí sabemos es que, el 11 de enero de 1876 se abrió al servicio público. El primer inhumado habría sido un niño de 9 meses, Pablo Jacoboni, quien murió de diarrea.

Acta que certifica la defunción del Párvulo Pablo Jacoboni, probablemente primer inhumado en el Cementerio de Avellaneda el 11 de enero de 1876. Fuente: www.familyesarch.org

Desde enero de 1876 entonces, el Cementerio de Barracas al Sud ocupa su actual ubicación. En 1904, al cambiarse de nombre el partido, pasó a ser el Cementerio de Avellaneda


 

LA CLAUSURA DEL VIEJO CEMENTERIO DE BARRACAS AL SUD

FRAGMENTO DE WIECKIEWICZ, "Los Cementerios Viejos en la Provincia de Buenos Aires: El caso de Barracas al Sud", Monografía presentada en el Congreso de Historia de Avellaneda 2024

A mediados del siglo XIX el crecimiento del comercio internacional vinculó al Mundo como nunca antes se había visto: Las ciudades (especialmente los puertos) recibían productos y personas de los más diversos puntos y comenzaban a mostrarse como verdaderos espacios multiculturales.

Una de las consecuencias negativas e involuntarias de esta primera “globalización” se relaciona con las grandes epidemias, que se propagaron, en sucesivas oleadas, desde lugares donde eran endémicas, hasta otros que nunca las habían padecido[1].

Buenos Aires fue una de estas ciudades, cuyo crecimiento rápido y desordenado[2], propició el ingreso y expansión de dos enfermedades infecciosas, que diezmaron a la población y generaron grandes consecuencias urbanísticas: El cólera morbus y la fiebre amarilla.

En 1867 se dio la primera epidemia importante de cólera, como parte de una tercera oleada mundial que, desde la India[3], llegó a los puertos brasileños a mediados de la década, y se expandió cuando las tropas de este país se mezclaron con las argentinas durante la Guerra del Paraguay.

Las precarias condiciones de higiene de los campamentos, ayudaron a la rápida propagación del mal que, siguiendo el recorrido del Río Paraná, provocaba en aquellos que lo contraían, fuertes diarreas, vómitos y la muerte por deshidratación.

Ante la falta de conocimientos ciertos sobre las razones de su propagación (que hoy sabemos que tienen que ver con las heces de los enfermos y la contaminación de las aguas), se intentó aislar a los enfermos y poner a los barcos que llegaban desde el frente en cuarentena. Pero las previsiones no resultaron suficientes: En octubre se registraban los primeros casos en Buenos Aires.

Según distintas fuentes, entre 8000 y 9000 personas murieron de cólera en la Ciudad[4], siendo diciembre del 67 y enero del 68 los meses más cruentos, período en el cual incluso perdió la vida el Vicepresidente de la nación Dr. Marcos Paz, obligando a Bartolomé Mitre a abandonar la conducción del ejército aliado que peleaba en Paraguay[5].

La cantidad de muertes desbordó la capacidad del Cementerio de la Recoleta, acelerando una idea que venía circulando en las autoridades municipales ante el aumento de la población y su cercanía al ejido urbano: La creación de un nuevo enterratorio, el “Cementerio del Sur”, que se inauguró el 17 de diciembre de 1867, sobre las actuales Avenida Caseros y Monasterio[6].

Un día antes de la inauguración de este efímero enterratorio porteño, el 16 de diciembre; se registraba el primer caso de muerte por cólera morbus en Barracas al Sud. Se trataba de Josefa Suloaga[7], una española de cuarenta años. A partir de allí y hasta fin de año, 33 personas murieron en el Partido por la epidemia (el doble que en el promedio mensual anual).

El aumento de casos en enero, generó en Barracas al Sud el mismo efecto que en la Ciudad: La cercanía y cantidad de muertos por el mal hacían necesario el traslado del cementerio. La decisión se precipitó tras el 4 de enero, cuando se llegó al récord de 13 personas inhumadas, razón por la cual se aceptó la donación de la Señora Trinidad Piñeiro, quien cedió una lonja de terreno para ser utilizado como enterratorio de emergencia.

Este lugar, que correspondería a las manzanas que rodean las calles Basavilbaso, Cordero, Salta y Mansilla, recibió aproximadamente a 120 víctimas de cólera hasta fines de marzo, pero también a muertos por otras razones, dado que el Cementerio Viejo quedó clausurado.

Para el mes de abril la epidemia había llegado a su fin, y el enterratorio de emergencia, útil para afrontar tan difícil situación, evidentemente no se ajustaba a el más mínimo grado de decoro y organización, por lo que muchos vecinos pidieron la reapertura del Cementerio Viejo, parcialmente remodelado.

No obstante, algunas voces se levantaron en contra de lo que suponían sería el regreso de un foco infeccioso a metros del centro del pueblo, en consonancia con las teorías miasmáticas[8]. De manera prudente, pero también para dejar tranquilos a todos (al menos por un tiempo), el municipio dispuso la apertura del Cementerio Viejo a partir del 15 de agosto de 1868, pero en carácter “provisorio”, hasta encontrar un lugar más apropiado.

Vuelto a la “normalidad”, el Partido retornó a los índices de mortalidad previos a la epidemia, por lo cual la atención municipal se dirigió a otras cuestiones de mayor urgencia, postergando el traslado del Cementerio, que funcionó sin inconvenientes hasta principios de 1871, cuando otra epidemia, la Fiebre Amarilla, cambió las cosas definitivamente.

La Fiebre Amarilla era una enfermedad endémica en el Brasil, y había hecho algunas aproximaciones a Buenos Aires años atrás. Sin embargo, desde fines de 1870 había comenzado a propagarse desde Asunción, ocupada por el ejército aliado. Para diciembre, un terrible brote en Corrientes ya estaba alertando a las autoridades, pero ante la falta de conocimientos sobre su transmisión[9], todo se resumía al aislamiento y la cuarentena de los buques que ingresaban al puerto.

Ninguna medida logró evitar el desastre. El 27 de enero de 1871 se registraba la primera muerte por fiebre amarilla en el barrio de San Telmo, y desde allí hasta junio se calculan alrededor de 15000 fallecidos; el diez por ciento de la población porteña.

La enfermedad se incubaba de 3 a 7 días. Los síntomas iniciales incluían escalofríos, fiebre elevada, cefaleas, mialgias, náuseas y vómitos; también podían aparecer hemorragias nasales y de encías. Más tarde sobrevenía la ictericia (por insuficiencia hepato- renal), que volvía amarillenta la piel y los ojos; y le daba a la enfermedad su característica más notoria. Finalmente, en la fase más avanzada, se agravaban las hemorragias con la aparición de vómitos de sangre coagulada y sobrevenía la muerte[10].

En la Ciudad, la cantidad de muertos saturó rápidamente el Cementerio del Sur, y el 17 de abril, ante la presión de los vecinos de la zona, fue clausurado. Como reemplazo, se abrió un nuevo enterratorio en la llamada “Chacarita de los Colegiales”, una zona razonablemente alejada de la Ciudad y con posibilidades de ampliación, que será el germen de lo que actualmente conocemos como el “Cementerio de la Chacarita”[11], la principal necrópolis de Buenos Aires. Paulatinamente Chacarita irá absorbiendo antiguos enterratorios como los de Belgrano y el de Disidentes, que pasaron a ser “Cementerios Viejos”

El Cementerio del Norte, La Recoleta; estuvo a punto de ser clausurado definitivamente, pero un “oportuno” cambio de paradigma, que se relacionaba con lo sanitario, pero también con lo simbólico; ayudó a que se mantenga. Eso sí reorganizado como un lugar de “elite” a través de las obras que el Intendente Torcuato de Alvear y el Ingeniero Buschiazzo llevaron adelante en la década de 1880[12].

Volviendo a la Epidemia de Fiebre Amarilla, tenemos que decir que, en Barracas al Sud, se actuó rápidamente. El primer fallecimiento registrado fue el de una italiana de 27 años llamada Adela Guerrello que expiró el 17 de febrero de 1871[13]. Al día siguiente, se prohibieron las inhumaciones en el Cementerio Viejo y se volvió a habilitar el enterratorio de emergencia cedido por la Señora Trinidad Piñeiro, pero ahora en carácter de “provisorio”.

Este solar recibió alrededor de 125 víctimas de la epidemia hasta el mes de mayo, y a falta de otro lugar, se convirtió en el único cementerio del partido durante algunos años. Incluso existió un intento por transformarlo en definitivo, comprando las tierras que habían sido cedidas ante la coyuntura. De hecho, en 1874, el Municipio le realizó una oferta a su nuevo propietario, el Doctor Miguel Nuñez, quien redobló la apuesta con un precio tan exorbitante que anuló toda posibilidad de negociación.

Ante esta situación se reconsideró una oferta realizada en 1871 por los hermanos Tristán y Genoveva Bedoya, más barata; pero en una zona más alejada que las tierras de Nuñez. Este, al enterarse trató de bajar el precio, pero ya era tarde. Lentamente el Cementerio empezaba a encontrar su lugar definitivo.



[1] ”Antes de la revolución de las comunicaciones (…) las infecciones no podían expandirse demasiado porque los pacientes que las portaban fallecían a poco de contraerlas, quedando las enfermedades localizadas. La locomoción a vapor favoreció el desplazamiento de los infectados fuera de su lugar de origen”…AGÜERO/ISOLABELLA; “El cólera en la Argentina durante el siglo XIX” Revista Argentina de Salud Pública, 2018.

[2] Buenos Aires había crecido 2 veces entre 1650 y 1750, 5 veces entre 1750 y 1820; y aproximadamente 10 veces entre 1820 y 1890. De hecho en 1822 contaba con alrededor de 55000 habitantes, y en 1890 con 535000.

[3] “La primera oleada se desarrollo entre 1826 y 1837 y se extendió a América del Norte. La segunda (1840- 1862), se vió favorecida por el movimiento de tropas británicas hacia la India para luchar en la Guerra del Opio, y por las revoluciones europeas de 1848 (…) La tercer pandemia (1863- 1875) llegó  a América del Sur y tuvo gran impacto en la Argentina”…AGÜERO/ISOLABELLA,  Op. Cit.

[4] En rigor, hubo un primer brote de morbo colérico en Bahía Blanca en 1856

[5] Miguel Angel Scenna calcula 8000 víctimas (ver SCENNA, “Cuando murió Buenos Aires 1871”, Ediciones La Bastilla, 1974), María Cristina Echazarreta 8920 (ver ECHAZARRETA, Op, Cit).

[6] En el solar que actualmente ocupa el Parque Florentino Ameghino.

[8] ECHAZARRETA, Op Cit; reproduce una queja del Sr Nuñez, vecino del Partido, que citamos textualmente: …”Con motivo de la pandemia pasada (cólera) los médicos consideraron que la causa de la gran mortalidad que había en los alrededores del cementerio era el cementerio mismo, por lo que se había resuelto su traslado a un sitio más distante de la población, por ser esta la causa principal del mal, ya que el cementerio viejo se hallaba a una cuadra y media de la plaza, de la escuela, de la iglesia y de muchas fincas valiosas”…

[9] La enfermedad se produce por un virus, pero el vector es un mosquito de la especie “aedes”, propio de zonas marítimas cálidas. El doctor Carlos Finlay en 1881 fue quien descubrió las causas de su transmisión.

[10] VON WICHMANN, Enrique; “Las enfermedades más frecuentes a principios del siglo XIX y sus tratamientos”, en AAVV;  Alimentacion, Enfermedad, Salud y Propaganda; IFC 2009.

[11] En rigor, el primer enterratorio en la zona “Chacarita la Vieja, funcionó entre 1871 y 1886 en el solar que hoy ocupa el Parque Los Andes. En 1886, como parte del proceso de modernización urbana planteado por el intendente Torcuato de Alvear, se abre “Chacarita La Nueva” en su actual ubicación, planificada por el Ingeniero Buschiazzo.

[12] Sobre el cambio de paradigma y la consideración del cementerio como un espacio de valor simbólico y pedagógico ver DAL CASTELLO, David; “La Ciudad Circular: Espacios y territorios de la muerte en Buenos Aires 1868- 1903”. Tesis del IAA, Universidad de Buenos Aires, 2017.

[13] Los datos sobre fallecidos en Barracas al Sud, así como las estimaciones de las cantidades de víctimas fueron extraídos de los libros de muertos de la Parroquia Nuestra Señora de la Asunción microfilmados en www.familiysearch.org


LOS INTENTOS DE ORGANIZAR EL VIEJO CEMENTERIO: LA ORDENANZA DE ESTÉVEZ

 

FRAGMENTO DE WIECKIEWICZ, "Los Cementerios Viejos en la Provincia de Buenos Aires: El caso de Barracas al Sud", Monografía presentada en el Congreso de Historia de Avellaneda 2024

Considerando que el Cementerio Viejo habría iniciado sus funciones en marzo de 1854, en el lugar que hoy ocupa parte del Hospital Fiorito, hablaremos ahora de su organización:

Parece ser que nuestro primer enterratorio funcionó por más de una década sin reglamentación alguna, con sepulturas y monumentos diseminados en absoluto desorden, lo cual contradecía los preceptos higienistas y la idea de favorecer a la circulación de los deudos. Por eso a mediados de la década del ’60 se hizo imperioso tomar cartas en el asunto.

Para ello, el Juez de Paz Enrique O’ Gorman, le encargó en 1866 a Manuel Estevez y Caneda la redacción de una ordenanza[1] al respecto. Estevez (quien había sido la máxima autoridad municipal entre 1858 y 1859) asumió la responsabilidad, e inspirándose en reglamentos de cementerios europeos, y la legislación que se había acumulado con respecto al Cementerio del Norte (Recoleta)[2]; elaboró un proyecto que culminó el 6 de mayo de ese año.

Si una ordenanza viene a corregir una situación existente tendríamos que suponer que en el Cementerio Viejo:

No existían calles principales y secundarias; ni tampoco parámetros claros con respecto a la separación de las fosas y su profundidad.

No estaba claramente estipulado el carácter concesivo de las sepulturas

No había precisión sobre cómo debían registrarse y nominalizarse los inhumados.

No había un capataz o administrador que, en representación del municipio, mantenga cierto ordenamiento.

Estos datos no deberían sorprendernos, ya que, para la misma época, el Cementerio de la Recoleta era descripto como un lugar “terrorífico”, desagradable y en total estado de abandono.

Evidentemente la incorporación del Cementerio, como espacio público, fue un proceso con más errores que aciertos, en el cual existía una vaga premisa básica: La separación vivos/muertos; sin prestar tanta atención a lo que ocurría puertas adentro.

Esta situación es la que tratará de corregir la ordenanza de Estévez, que plantea la necesidad de una remodelación del espacio en base a un plano que dividiría al cementerio de la siguiente manera (Artículos 1 al 6):

12 secciones de 7 tablones con 30 sepulturas cada una; y 4 secciones centrales de 6 tablones con 26 sepulturas cada una.

Cada sepultura tendría una vara de ancho por tres de fondo.

Los tablones estarían separados por calles para permitir la circulación.

Dos calles principales de cinco varas cada una dividirían al cementerio en cuatro cuartos iguales, dejando un espacio libre en su cruce.


Plano del Cementerio de Barracas al Sud (Circa 1865). Fuente: TORASSA, Antonio; “El Partido de Avellaneda 1580- 1890”, Publicaciones del Archivo Histórico de la Provincia de Buenos Aires


La mensura del espacio era fundamental para asegurar la yuxtaposición de las sepulturas, así como su fácil ubicación con el objetivo de determinar el tiempo de la inhumación. Asimismo, las calles principales y secundarias asegurarían la circulación de aire y la posibilidad de que los deudos efectúen sus visitas sin mayores contratiempos.

Si bien en junio de 1865 el Cementerio había sido ampliado y cercado, su superficie ya se avizoraba insuficiente, por lo cual en la ordenanza se contempla la construcción de nichos ubicados sobre el muro perimetral a cargo de la Municipalidad.

La ordenanza reconoce una importante característica de los cementerios públicos: El carácter concesivo de las sepulturas. El Municipio concede el espacio, no lo vende. Eso abría la puerta a diferentes posibilidades (Artículos 6 al 10):

La primera era pagar una concesión mínima por cinco años (en cuotas anuales), después de los cuales los restos se exhumarían y se depositarían en un hipotético osario (que no aparece en el plano del enterratorio, pero sí en la ordenanza)

La segunda era ir renovando la concesión cada cinco años.

La tercera posibilidad era la cesión “A perpetuidad”, que concedía el espacio por cuarenta años, pagando el importe por ese lapso de tiempo, de una vez.

Podríamos añadir una cuarta opción: la donación municipal de la concesión por el plazo mínimo a personas pobres; o a perpetuidad a “notables” que así lo merezcan (Artículo 18).

Es importante añadir que las concesiones de las sepulturas ubicadas sobre las calles principales eran más caras que las que se ubicaban en las calles secundarias.

Las diferentes posibilidades (y las diferencias de precios por la ubicación) preanuncian las profundas divisiones sociales que se materializarán definitivamente en el actual Cementerio de Avellaneda: Las familias más pudientes obtendrán la concesión de varias sepulturas contiguas a perpetuidad (preferentemente sobre las calles principales), logrando con eso, el espacio suficiente para construir bóvedas destinadas a mantener unidos a sus miembros; mientras que las menos pudientes deberán conformarse con el plazo mínimo o alguna renovación, antes del inevitable osario.

La bóveda familiar a perpetuidad implicaba una alteración del principio higienista de la yuxtaposición, dado que los que ingresan a ellas van superponiéndose a los antiguos ocupantes. Para evitar el abarrotamiento, los ataúdes se dispondrían en estantes y se contemplaría la utilización del espacio subterráneo. En la ordenanza se establece que estos ataúdes, que ya no entrarían en contacto con la tierra, posean características especiales para evitar los efectos desagradables de la descomposición (Artículo 13).

Probablemente, las tipologías funerarias del Cementerio Viejo eran austeras, parecidas a las que aún se mantienen en Recoleta de mediados del siglo XIX: Simples placas de mármol, lápidas o monolitos, rodeados por rejas de hierro. Y eso en el mejor de los casos: Para los más humildes tal vez la única opción era una cruz de madera.

Si bien pueden haber existido otras, solo tenemos registro una bóveda: La que guardó los restos de Juan Tomás Ortiz, aquel que donó el terreno del cementerio. La misma debió ser relativamente importante, ya que abarcaba el espacio de doce sepulturas.

Volviendo a la ordenanza, tenemos que decir que era muy firme con respecto a la nominalización de las sepulturas, fundamental para controlar las concesiones: Toda sepultura sin nombre sería llevada indefectiblemente al osario (Artículo 16).

La ordenanza también regulaba el ingreso de los difuntos al cementerio, y se articulaba con la iglesia, mostrando la transicionalidad de esta etapa: Toda entrada debía llegar con una licencia expedida por el “Cura” (sic) de la Iglesia Nuestra Señora de la Asunción, quien también debía registrar por triplicado el fallecimiento en el “Libro de Muertos” parroquial, estipulando nombre, apellido, edad, domicilio, día del fallecimiento, estado civil; y además, el nombre, apellido y edad de los testigos. Esta última obligación había sido dictada por el Estado de Buenos Aires en 1857 para todas las parroquias y municipios. Evidentemente Iglesia y Estado todavía no eran asuntos separados (Artículo 11).

La reorganización del Cementerio implicaba comenzar a exhumar los restos que habían sido depositados, sin ningún orden, por más de diez años. Además, hacía necesario el traslado de los monumentos funerarios a sus nuevas ubicaciones. Todo esto también acarreaba un procedimiento burocrático que involucraba nuevamente al Señor Cura; único autorizado a emitir las licencias correspondientes (Artículos 19 al 25).

Este procedimiento no era gratuito, tal como lo evidencia la solicitud fechada el 10 de junio de 1867, a cargo de Don Benjamín Ortiz; quien solicita al municipio ser eximido del pago por el traslado de la bóveda y los restos de su difunto padre, Don Juan Tomás Ortiz, en virtud de haber donado este, los terrenos que ocupa el cementerio.

Para hacer que todas estas disposiciones se cumplan, la ordenanza contemplaba la creación del cargo de “Capataz y Encargado del Aseo del Cementerio”; a quien evidentemente le aguardaba una ardua tarea (Artículo 12).

La ordenanza de Estevez era moderna pero ambiciosa. Suponiendo que su ejecución sería difícil, pidió al Municipio la revisión del documento por una comisión especialmente formada para ello. La comisión, con un optimismo a toda prueba, dio el visto bueno, por lo que el 27 de mayo de 1866 quedó aprobada.

El 1 de julio de 1866 se iniciaron las obras de reorganización del Cementerio Viejo, que como mínimo tardarían tres años, teniendo en cuenta la exhumación de los enterrados más recientes; y esto sin contar las posibles demoras constructivas, o los parates que podían generarse por falta de fondos. 

Para 1867 ya se estaban realizando traslados (entre ellos el de la bóveda de Juan Tomás Ortiz) e incluso se estaban plantando árboles, factor importante dentro de los parámetros higienistas de la época para renovar el aire y sanearlo. Además, en septiembre comienzan a levantarse los primeros nichos sobre el muro perimetral a cargo del maestro albañil Antonio Lacorte.



[1] La ordenanza completa se encuentra como apéndice documental en TORASSA, Op. Cit.

[2] El primer reglamento “orgánico” del Cementerio de la Recoleta es de septiembre de 1868, es decir, anterior a la ordenanza de Estévez; quien sí se inspiró en disposiciones parciales que habían sido emitidas por el Gobierno de la Provincia de Buenos Aires desde el 1 de julio de 1822. Ver PRADO Y ROJAS, Aurelio; “Leyes y Decretos promulgados en la Provincia de Buenos Aires desde 1810 hasta 1876”, Buenos Aires 1879; en www.archive.org

EL VIEJO CEMENTERIO DE BARRACAS AL SUD

FRAGMENTO DE WIECKIEWICZ: "El Cementerio de Avellaneda, una descripción posible" TRABAJO EN PROCESO DE REDACCIÓN

Al momento de la fundación del Partido (abril de 1852), la mayor parte de los entierros debían realizarse en la Iglesia de la Exaltación de la Santa Cruz de los Quilmes. Sin embargo, de fundarse un curato local, la situación exigiría un lugar de entierro propio. Así lo atestigua la carta que el secretario municipal Pedro Alais le envió al gobierno bonaerense el 23 de octubre de 1853:

“La construcción de un curato y un cementerio a inmediaciones del Puente Barracas son dos cosas indispensables para su mejor adelanto y prosperidad (está hablando del partido). En cuanto al cementerio, hay una persona que da gratis el terreno necesario”[1]

El curato se creó el 24 de diciembre de 1853, bajo la advocación de Nuestra Señora de la Asunción. Tres meses después; el 16 de marzo de 1854, se abrió el Libro I de Muertos de la Parroquia[2], registrando al primer difunto: el italiano Juan Lotero, quien probablemente ya fuera enterrado en el primitivo Cementerio que tuvo Barracas al Sud, nacido de la donación realizada en 1854 por un vecino llamado Juan Tomás Ortiz[3].

La donación de Ortiz consistía de un terreno de 100 varas de frente por 100 de fondo, que podía utilizarse con la condición de comunicarlo con el pueblo mediante un pequeño puente. De ser así, tal vez Ortiz haya sido la persona a la que se refería la carta de Aois.

Sin embargo, como el Municipio no cumplió con su promesa de hacer el puente, Ortiz se negó a entregar la escritura correspondiente, lo que en 1856 generó un pleito entre el vecino y la municipalidad en el que el mismo Rufino de Elizalde[4] se ofreció a defender a esta última.

Parece ser que el pleito no llegó a mayores porque el municipio rechazó los servicios del Doctor Elizalde argumentando un entendimiento con Ortiz. Este entendimiento “de hecho” permitió que el enterratorio continúe funcionando aún sin la escritura correspondiente.

Con respecto a su emplazamiento, existen pruebas concluyentes, que permiten afirmar que este primer Cementerio de Barracas al Sud ocupó el solar en el que hoy se levanta el Hospital Fiorito, sobre Avenida Belgrano: En la sesión municipal del 5 de enero de 1865 se establece que se llamará General Belgrano “a la calle que empieza en la de Maipú y continúa por el cementerio hasta el Arroyo de la Crucesita”. Por otro lado, en el plano topográfico y catastral de la Ciudad de Buenos Aires y alrededores realizado por Carlos Glade entre 1864 y 1867[5] el cementerio aparece frente a la citada Avenida Belgrano a la altura de Monseñor Piaggio, exactamente donde se encuentra el actual nosocomio.


Plano Glade de 1867, donde aparece el Viejo Cementerio de Barracas al Sud, ubicado en el solar que actualmente ocupa el Hospital Fiorito

Llama poderosamente la atención la cercanía de este primer enterratorio al núcleo poblacional más importante del flamante Partido, que podríamos situar en la intersección de Avenida Mitre y Avenida Pavón (actual Hipólito Yrigoyen): Menos de un kilómetro de distancia. Y esto sin contar que la futura Plaza Alsina (donde ya estaba la Catedral) solamente se encontraba a 2 cuadras de la necrópolis.

Si bien en el Plano Glade, el Cementerio aparecía relativamente fuera de la trama urbana, era cuestión de algunos años para que quedase totalmente inserto en ella. No obstante, existieron planes de ensanche, reforma y regulación[1], los cuales nos muestran a un municipio que, quizás empujado por el pragmatismo, se aferraba a la idea de mantener su ubicación.



[1] Parece ser que nuestro primer enterratorio funcionó por más de una década sin reglamentación alguna, con sepulturas y monumentos diseminados en absoluto desorden, lo cual contradecía los preceptos higienistas y la idea de favorecer a la circulación de los deudos. Por eso a mediados de la década del ’60 se hizo imperioso tomar cartas en el asunto. Para ello, el Juez de Paz Enrique O’ Gorman, le encargó en 1866 a Manuel Estevez y Caneda la redacción de una ordenanza al respecto. Estevez (quien había sido la máxima autoridad municipal entre 1858 y 1859) asumió la responsabilidad, e inspirándose en reglamentos de cementerios europeos, y la legislación que se había acumulado con respecto al Cementerio del Norte (Recoleta); elaboró un proyecto que culminó el 6 de mayo de ese año. El texto completo de la ordenanza se encuentra en TORASSA, Op. Cit.


[1] TORASSA, Op. Cit.

[2] Los Libros de Muertos de la Parroquia Nuestra Señora de la Asunción, así como los de bautismos y matrimonios se encuentran microfilmados y disponibles en www.familysearch.org

[3] Sobre este Cementerio, las primeras referencias aparecen en TORASSA, Op. Cit., quien incluso incluye como anexos un plano y documentación de gran valor. Por otro lado, la Investigadora María Cristina Echazarreta desarrolló en 1986 la primera parte de un trabajo integral titulado “Apuntes para la Historia del Cementerio de Avellaneda”, que aporta información del primer cementerio. Además, Echazarreta cedió gentilmente toda la información que extrajo de los libros municipales y que transcribió en forma de fichas, de las cuales hemos extraído datos de gran valor.

A esto le sumamos una monografía inédita de la Arquitecta María Cristina Lanza, a la que se accedió gracias a la colaboración de la Licenciada Vanina Ragonese, en ella también aparecen datos del Cementerio Viejo.

De manera más tangencial y con algunas imprecisiones en las fechas, aparecen datos sobre el cementerio viejo en VARELA, Op. Cit.; y en HENDI/ CODARO, Op Cit.

[4] Rufino de Elizalde (1822- 1887) fue un político y diplomático argentino que llegó a ser Ministro de Relaciones Exteriores durante las presidencias de Bartolomé Mitre y Nicolás Avellaneda. Además, fue candidato a Presidente de la Nación en 1868.

[5] Carlos Glade (1826- 1906), de origen prusiano; era agrimensor y como tal realizó el plano topográfico al que se alude, y que en uno de sus márgenes incluye al Cementerio Viejo probando su existencia y su exacta ubicación.

ANTIGUOS ENTERRATORIOS DE BARRACAS AL SUD

FRAGMENTO DE WIECKIEWICZ, "El Cementerio de Avellaneda, una descripción posible"; TRABAJO EN PROCESO DE REDACCIÓN

Los Cementerios Públicos formaron parte de la oleada de transformaciones en el campo de las costumbres funerarias, que se inició a mediados del siglo XVIII en Europa Occidental, y se trasladó a América en la primera mitad del siglo XIX[1]. Podríamos decir que fueron la respuesta estatal al problema sanitario que, se creía, generaban los muertos[2]. De esta manera, se abandonó la tradición de realizar las inhumaciones en las Iglesias y los Camposantos, para utilizar nuevos emplazamientos basados en las siguientes características:

La separación del entorno y su función específica: Los “muertos” ya no compartirían los lugares donde los “vivos” desarrollarían su vida cotidiana.

La yuxtaposición de los cuerpos: Que reemplazaría a la práctica de superponerlos indiscriminadamente.

La posibilidad de circulación: Con el objetivo higienista de “limpiar” el aire; pero también de favorecer las visitas de los deudos.

La nominalización de las sepulturas: Que rompería con la tendencia anterior al anonimato.

El carácter concesional del lugar del entierro: Que le daría al Estado la potestad de arrendarlo temporalmente de acuerdo a un determinado precio.

Los nuevos parámetros de diferenciación social: Que modificarían la aspiración de cercanía a un altar u otro elemento eclesiástico, por la de poseer una construcción de envergadura, visible y perdurable.

En la Argentina, los Cementerios Públicos irrumpen en la década de 1820, de la mano de las Reformas Rivadavianas[3] y se irán expandiendo junto con la fundación de municipios y su organización. Es por eso que para hablar de un Cementerio en Avellaneda hay que remontarse a los primeros años del Partido, nacido en 1852 bajo del nombre de “Barracas al Sud”[4].

Hasta entonces, los habitantes de la zona no tenían un lugar propio para enterrar a sus muertos a raíz de la inexistencia de una Iglesia y un Camposanto. Teniendo en cuenta esta situación, y ante el anonimato de la mayoría de sus escasos pobladores, podemos considerar las siguientes posibilidades:

·         Lo más lógico, al menos hasta mediados del siglo XVIII, era utilizar alguna de las Iglesias de la Ciudad de Buenos Aires. Siguiendo la cercanía o el criterio territorial, probablemente, la Inmaculada Concepción y San Pedro Telmo debieron haber recibido algunos primitivos habitantes de Avellaneda. Sin embargo, no hemos encontrado documentos que permitan comprobarlo. Con lo que si contamos, es con registros de propietarios (propietarios, no habitantes) de tierras que fueron inhumados en Iglesias Conventuales porteñas[5]. Estos Templos, entre los que podemos mencionar los de San Francisco, La Merced, Santo Domingo, San Ignacio, Nuestra Señora del Pilar, o Santa Catalina; dependían de una Orden Regular, y eran elegidos por las personas de mayor “status” social[6].

·         Con la creación del Curato de la Magdalena, en 1730, el territorio de Avellaneda quedó provisoriamente bajo jurisdicción eclesiástica de la Exaltación de la Santa Cruz de los Quilmes. Esta Iglesia, que funcionaba desde 1666 como capilla de la “Reducción de Indios” que habían sido derrotados y deportados desde el noroeste argentino, era la que debía registrar y recibir a todos aquellos habitantes de la zona que no hubiesen testado en favor de otra. La relación con Quilmes se afianzó aún más en 1780 cuando la Iglesia de la Exaltación fue elevada a matriz de un curato propio, independiente de la Magdalena. En los antiguos libros parroquiales quilmeños[7] podemos encontrar registros de entierros de vecinos de nuestro futuro partido[8].

Catedral Inmaculada Concepción de Quilmes, antigua Iglesia de la Exaltación, en cuyo camposanto se inhumaron primitivos habitantes de Barracas al Sud


·         De acuerdo a otras investigaciones[9], existe la sospecha de que en la Estanzuela de los Dominicos y en la Capilla de los Betlemitas se enterraban personas[10]. Además de que no hay registros al respecto, esta presunción es poco probable, dado que los religiosos pertenecientes a ambas ordenes ya tenían estipulado su lugar de sepultura en sus correspondientes conventos ubicados en la Ciudad de Buenos Aires. Quedaría la posibilidad de que los trabajadores que estos establecimientos empleaban como personal doméstico hayan contado con un lugar donde inhumarse, pero según el “Auto de desmembramiento y erección de Curatos” de 1769, que regulaba las acciones de la corporación eclesiástica, eso no estaba permitido[11].

·         Otro lugar donde recaen sospechas, es en una Capilla mandada a construir por Nicolás Paduan hacia 1817, la “Capilla del Italiano”[12]; ubicada en el cruce de las actuales Avenida Mitre y Monseñor Piaggio, y donde periódicamente se celebraban misas. Sin embargo, cuando en 1898, el Padre Levantini, párroco del ya fundado curato, quiso hacer una breve historia de su Iglesia Matriz, hizo alusión a que en ese lugar “no se celebraban matrimonios sino en caso de necesidad, y algún que otro bautismo”, sin referirse a entierro alguno. Cabe destacar que la “Capilla del Italiano” funcionó como templo provisorio del Partido hasta 1860.

·         A partir de 1822 surge la posibilidad de que algún vecino haya sido enterrado en la Recoleta vieja, a pesar de que el territorio se encontraba bajo jurisdicción de Quilmes. De hecho, en los libros parroquiales de Nuestra Señora de la Asunción de Barracas al Sud (que comenzaron a utilizarse en 1854, cuando se creó el curato) aparecen licencias para remitir cadáveres a este cementerio[13], lo que nos permite pensar que esta práctica podría haberse realizado anteriormente.

·         Otra suposición, es la que sostiene que uno de los barrios de la actual Avellaneda, “Crucesita”; debe su nombre a la existencia de un antiguo camposanto, a orillas de un arroyo llamado “de la Cruz” o “Crucesita” por este motivo. Incluso reputados historiadores del Partido se hacen eco de esta idea[14]. Lo cierto es que, salvo por alguna omisión, los muertos debían remitirse a la parroquia correspondiente. Por otro lado, en los registros de Quilmes no hay ninguna licencia o permiso, para enterrar a un difunto en un recinto de estas características. El mismo criterio habría que seguir con los que sostienen la posibilidad de inhumaciones en las quintas, junto a las huertas[15]. La regla era que las personas debían descansar en lugares santos, y salvo los reos o los suicidas, todos merecían esta consideración para con sus restos.



[1] Philippe Ariés (ver ARIES, Philippe; “El Hombre ante la Muerte”; Taurus) sitúa el inicio de esta tendencia en Francia, gracias al Informe del Parlamento Parisino de 1763 que generó veinte años después la clausura del Cementerio de los Inocentes. En España y sus colonias el más claro antecedente es la Real Cedula de 1787 emitida por Carlos III en la que, con motivo de una epidemia en la Villa de Pasages, Guipúzcoa; se ordena la construcción de cementerios lejos de las ciudades.

[2] Los inicios de la Era Contemporánea, estuvieron acompañados de un cambio de paradigma sanitario. Es entonces cuando comienza a propagarse la “teoría miasmática”, que sostenía que las enfermedades se generaban y transmitían por la descomposición de materia orgánica, la cual generaba aires fétidos o “miasmas”, nocivos para las personas. Ver URQUÍA, Marcelo Luis “Teorías dominantes y alternativas en epidemiología”, Ediciones UNLA, 2019.

[3] De hecho, Bernardino Rivadavia (1780- 1845), siendo Ministro del Gobernador de la Provincia de Buenos Aires, Martín Rodríguez, fue quien tomó la iniciativa para crear el Cementerio del Norte o del “La Recoleta”, primer enterratorio público del país, inaugurado el 17 de noviembre de 1822.

[4] La información sobre la historia del actual Partido de Avellaneda, se desprende básicamente de tres trabajos:

TORASSA, Antonio; “El Partido de Avellaneda 1580- 1890”, Publicaciones del Archivo Histórico de la Provincia de Buenos Aires, 1940

FERNÁNDEZ LARRAÍN, Federico; “Historia del Partido de Avellaneda, Reseña y análisis 1580- 1980”; Editora La Ciudad, 1986

VARELA, Rudi; “La época rústica en Avellaneda y Lanús hasta 1881”, Edición del Autor; 2000

[5] Francisco Luis Gaytán, por ejemplo; que recibió de Juan de Garay parte del futuro partido; fue enterrado en San Francisco en 1605. La familia de Juan Ortiz de Mendoza (otro de los primeros propietarios de la zona), elegía La Merced como lugar de descanso de sus integrantes. El mismo lugar seleccionaron otros primitivos propietarios como Melchor Maciel del Águila y los Pessoa de Sá.

[6] Con respecto a los enterratorios en las Iglesias del Buenos Aires colonial se han utilizado datos del trabajo de ROCA, Facundo; “Vivos y muertos en la Ciudad Colonial: Cementerios y Enterratorios en Buenos Aires a fines del siglo XVIII” realizado para la II Jornada Nacional de Estudios sobre la Muerte y el Morir.

Por otro lado, La relación entre la elección de la Iglesia y el status social ha sido trabajada por la Dra Nora Siegrist de Gentile en su monografía “Entierros antiguos en las Iglesias de la Ciudad de Buenos Aires: Siglos XVII y XVIII” inserta en AAVV, “Patrimonio Cultural en Cementerios y Rituales de la Muerte”, Secretaría de Cultura Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires, 2005.

[7] Los libros parroquiales de la Iglesia de la Exaltación de la Cruz de los Quilmes se encuentran microfilmados en www.familysearch.org, página de la Sociedad Genealógica de Utah, perteneciente a la Iglesia de Jesucristo de los Santos Últimos Días.

[8] Tal es el caso de Roque de Hornos, quien compró en 1741 una parte de la merced hecha en el siglo XVII a Pedro de Rojas y Acevedo. Este propietario, dueño de un terreno comprendido entre las actuales Gorriti, Agüero, Pösadas, Heredia y Ecuador; nacido en 1700; tuvo la desgracia de perder en 1775 dos hijos: Agueda y Manuel; con pocos meses de diferencia. Ambos fueron enterrados dentro de la Iglesia de la Exaltación, en “la parte que corresponde al segundo tirante”. Nótese que esa era la forma de indicar donde se ubicaban los restos de los difuntos.

Otro caso es el de Fabián Rozas, familiar lejano de don Juan Manuel, y su puntal político en la zona durante la “Revolución de los Restauradores”. Rozas llegó a ser Teniente Coronel y dueño de algunas tierras en lo que es el actual centro de Avellaneda, donde llegó a contar con una Capilla para los lugareños, antecedente inmediato de la parroquia local. “El Dios Chiquito”, como lo llamaban; enterró al menos a dos de sus hijos en la Exaltación de Quilmes: Fabián, que falleció el 26 de febrero de 1837 a los 12 años, y Pedro Rozas, que lo hizo con 7 años en 1843.

[9] Se alude a la monografía de la Arquitecta Elen Hendi y la Profesora Cristina Codaro “Historia y Patrimonio en las necrópolis de Avellaneda, publicada en AAVV, “Patrimonio Cultural en Cementerios y Rituales de la Muerte”, Secretaría de Cultura Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires, 2005.

[10] Según Fernandez Larraín, la Estanzuela de los Dominicos se ubicaba en lo que hoy es Wilde, y fue cedida por María de Arroyo a la congregación en 1748. Las actividades que se desarrollaban tenían por objetivo abastecer al convento ubicado en la Ciudad de Buenos Aires. Con respecto a los Betlemitas, se asentaron en las inmediaciones del actual Puente Pueyrredón donde levantaron una capilla que es considerada el primer oratorio de la zona.

[11] Artículo 24: “Los entierros y funerales son competición del cura domiciliario, no del territorial. Si una persona muere en otro curato y no deja voluntad hay que llevarla a la Parroquia” Auto de desmembración y ereccion de curatos 1769 en www.familysearch.org

[12] HENDI y CODARO, Op. Cit.

[13]  Por ejemplo, las de 2 hijos de Enrique O´Gorman fallecidos en 1862; o la de Cosme Maciel, quien se supone que fue el soldado que izó la bandera creada por Belgrano por primera vez a orillas del Paraná.

[14] ….“En los documentos anteriores a la cuarta década del siglo XIX aparece el nombre del arroyo como de las crucesitas o la crucesita indistintamente (...) suponemos la existencia de un muy reducido camposanto, dado que en aquellos años había una población rural que no sobrepasaba las cien personas”… FERNANDEZ LARRAIN,  Op. Cit.

“Los lugareños que habitaban Barracas al Sud solían enterrar a sus muertos a orillas del Riachuelo o en las tierras lindantes al arroyo de la cruz o crucesita. HENDI/ CODARO, Op. Cit.

[15] “En Barracas al Sud los pobladores solían tener a sus difuntos en una urna o en el jardín de sus casas, también enterraban a sus muertos junto a las huertas” HENDI/CODARO, Op. Cit.

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