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jueves, 17 de octubre de 2024

LIBRO "CATALINA Y EL CEMENTERIO DE AVELLANEDA" EN HASPARREN




CHARLA COMPARTIDA CON EL DR BEÑAT CUBURU ITHOROTZ

 



Beñat Cuburu Ithorotz (Hasparren 1962) es Doctor en Historia por la Universidad del País Vasco y especialista en migración haspandarra a América Latina, además de realizar el prólogo del libro "Catalina y el Cementerio de Avellaneda" compartió conmigo una charla sobre su especialidad el 5 de noviembre de 2022.

Al día siguiente llevó al Cementerio de Avellaneda una placa en homenaje a Catalina



HOMENAJE A CATALINA DORNALETCHE

 






El 4 de octubre de 2022, nos encontramos en el Cementerio de Avellaneda con los miembros del grupo haspandarra HASPARNEKO JOLADUNAK para realizar un homenaje a Catalina Dornaletche, que contó con la presencia de Norma Ríos de la Subcomisión de Cultura del Centro Vasco Francés, y las autoridades de la necrópolis. Como no todos los Joaldunaks hablaban castellano, los que sí lo hacían, oficiaban como traductores. De esa manera fuimos recorriendo lugares significativos de la necrópolis, hasta llegar a la sepultura de Catalina.

Allí realicé un resumen de la vida de la homenajeada que se completó con palabras de las autoridades presentes; quienes subrayaron la importancia de visibilizar a una mujer que podía considerarse un “arquetipo” de muchas otras. Finalmente, el grupo entonó en euskera, dos canciones seleccionadas especialmente para la ocasión.

La primera de ellas, “Loretxoa” (“Florecilla”) fue seleccionada, ya que el grupo observó cierta analogía entre la flor que quería tener una nueva vida y Catalina:

 

LORETXOA

FLORECILLA

Mendian larrartean
Aurkitzen da loretxo bat
Aurrean umetxo bat
Loretxoari begira.

Loreak esan nahi dio
“Umetxo aska nazazu,
Jaio naiz libre izateko
Ta ez loturik egoiteko”

Umetxoak ikusirik
Lorea ezin bizirik
Arantzak kendu nahi dizkio
Bizi berri bat eman,
Orduan izango baitu

 

En las montañas, en medio del páramo,

Hay una pequeña flor.

Frente a él, un niño pequeño

Mirando la flor.

 

La flor quiere decirle:

"Niño pequeño, libérame

He nacido para ser libre

Y no estar atada”.

 

El niño pequeño, al ver la flor

No poder vivir

Quería quitarle las espinas,

Y darle una nueva vida.

 

La segunda, “Itsasontzi Baten” (“En un Barco”), alude obviamente a la emigración y a las esperanzas de volver algún día a la tierra natal:

 

ITSASONTZI BATEN

EN UN BARCO

Itsasontzi baten
Euskal Herritik kanpora
naramate eta ez dakit nora. (bis)
Agur nere ama
laztan goxoari
agur nere maite politari
ez egin negar
etorriko naiz
egunen baten
pozez kantari

Itsasontzi baten...

Agur senideak
agur lagunari
agur Euskal Herri osoari.
Ez egin negar
etorriko naiz
egunen baten
pozez kantari
Gora Euskal Herri
Gora Euskal Herri
Gora Euskal Herriari.

 

En un barco

Fuera del País Vasco

Me están llevando y no sé adónde. (dos veces)

Adiós mi madre

caricias dulces

adiós mi amor hermoso

no llores

volveréé

Un día

cantando con alegría

Un barco...

 

Adiós parientes

adiós amigo

adiós a todo el País Vasco.

no lloren

Volveré

Un día

cantando con alegría

Viva el País Vasco

Viva el País Vasco

Viva el País Vasco.

 

 

Mientras los Joaldunak entonaban las canciones, pensaba qué sentiría Catalina al ver que alrededor de su sepultura, más de veinte personas la estaban recordando en su idioma natal, y en el que (quizás) adquirió por elección. Sólo por ese momento, creo que la investigación realizada valió la pena. A partir de allí, Catalina no solo sería la sepultura más antigua del Cementerio sino también el nexo de unión entre Avellaneda, Hasparren; y el País Vasco en general.


CATALINA Y EL CEMENTERIO DE AVELLANEDA

 

EN 2023 PUBLIQUE "CATALINA Y EL CEMENTERIO DE AVELLANEDA" RESULTADO DE MI INVESTIGACION SOBRE LA SEPULTURA MÁS ANTIGUA DE LA NECRÓPOLIS LOCAL. COMPARTO LA INTRODUCCIÓN

Como buen vecino del Partido de Avellaneda, algunos de los momentos más tristes de mi vida han tenido al Cementerio Municipal como escenario principal. Por eso, puedo comprender que la asociación que genera este lugar con el dolor y la pérdida, lo vuelvan “indeseable” para la mayoría de las personas.

Este no es un fenómeno local: Desde hace varias décadas, los cementerios públicos están en crisis: Un profundo cambio de paradigma ha generado rechazo por el culto a los muertos, al menos en el sentido “tradicional” del término. Por otro lado, la cremación, abre un abanico de posibilidades que permite prescindir de un lugar específico. El resultado es claro: Los cementerios se utilizan cada vez menos. Se visitan cada vez menos. Se necesitan cada vez menos.

No es mi caso.

Si bien debí hacer usufructo del Cementerio de Avellaneda por cuestiones “utilitarias” (lamentablemente), siempre lo consideré un lugar fascinante del punto de vista estético e histórico. De muy chico, solo con observar las fotos sepia de las sepulturas, experimentaba una sensación de profundo interés por esas vidas que habían pasado, y sentía ganas de conocerlas una por una.

Creo que llegué a ese sentimiento de “fascinación”, por una mala interpretación del culto a los difuntos, que heredé de mi familia materna: Lo que para ellos era una “visita”, respetuosa y destinada a la memoria, para mí era eso (no lo niego), pero también un “paseo” que siempre realicé con cierta delectación.

Durante mi adolescencia, ese interés (además de la música), me llevó a organizar con amigos “peregrinaciones” a la “tumba” de Luca Prodan. Íbamos a fines de diciembre (aniversario de su fallecimiento) caminando desde Dock Sud (a una distancia considerable), y después de algunos minutos frente a la piedra traída desde la localidad de “El Nono” (que tenía una cabeza encima que pretendía ser un busto del cantante), nos poníamos a deambular. Así entré en contacto por primera vez con los Panteones más antiguos, en la calle principal.

La condición socioeconómica de mi familia me había vedado el acceso a la zona: “Mis muertos” suelen estar en las secciones de tierra, y los mayores que me acompañaban (en realidad, a los que yo acompañaba), se negaban rotundamente a mis pedidos de recorrer otros lugares que los estrictamente necesarios. Necesité cierta edad y la compañía de amistades “valientes” como para poder apreciar la estatua de Basavilbaso, el Panteón de la Sociedad Argentina de Socorros Mutuos o el Panteón de la Familia Debenedetti, solo por citar algunos ejemplos.

Al principio el Cementerio me parecía inmenso, pero con el paso de los años y los recorridos se fue achicando. Paralelamente me dediqué a la enseñanza de la Historia, e informalmente, a la investigación sobre diferentes necrópolis. Si bien tuve un fuerte deslumbramiento por la Recoleta (llena de personajes históricos) y en menor medida por Chacarita; periódicamente volvía a Avellaneda, y a sus estrechos y abarrotados pasillos.

Quizás el hecho de que algunos de mis familiares más queridos estén allí, haya sido el que me llevó a interesarme tanto por el lugar. O tal vez una necesidad de visibilizar a los cementerios municipales, tan vilipendiados por todos aquellos que solo ven en ellos desidia y abandono, o que los utilizan políticamente para criticar a las autoridades de turno.

No es mi caso.

De manera azarosa, encontré varias personalidades significativas enterradas en la necrópolis, relacionadas con la historia reciente, la política local, el espectáculo y el fútbol. Además, traté de recopilar la información sobre el cementerio que circulaba en redes o de manera escrita, a través de las pocas personas que escribieron algo sobre el tema. Así conocí la obra de María Cristina Echazarreta, por ejemplo, que me compartió sus investigaciones parciales; y a Vanina Ragonese, quien realizaba visitas guiadas en el lugar y me mostró que, antes que yo deambulara por el Cementerio, ya lo hacía la Arquitecta María Cristina Lanza, anotando curiosidades y relevando sepulturas.

Fue en una monografía de la Arquitecta Elen Hendi y la Profesora Cristina Codaro, sobre las necrópolis de Avellaneda[1], donde leí que la tumba más antigua del Cementerio era la de una tal Catalina Apat. Pero tardé algún tiempo en comprobarlo empíricamente. De hecho, creo que pasé por la sepultura varias veces antes de relacionarla con el apellido.

Cuando lo hice, comencé a reparar en sus características, que aprovecho a detallar: Se encuentra en la sección 11, tablón séptimo, y abarca tres sepulturas[2] (las 52, 53 y 54). Por su ubicación, está rodeada de bóvedas mucho más llamativas (es la parte histórica y más “chic” de la necrópolis). Presenta tres placas de mármol de 1 vara de ancho (0,866 metros) dispuestas de manera horizontal al ras del suelo. La placa central (que está partida en dos) está decorada con una cruz tallada de elaboración bastante simple, y debajo una inscripción que versa lo siguiente:

 

“Aquí yacen los restos mortales

De Catalina Apat, que falleció

El 30 de julio de 1867

A la edad de 45 años”

 

Alrededor de las placas, existe un enrejado perimetral de hierro que tiene aproximadamente un metro de altura, con una puerta de acceso de un lado, y una cruz en su lado opuesto. Lo llamativo es que las placas están aproximadamente medio metro debajo del piso, lo cual hace que parezcan ubicadas en una fosa poco profunda.

Según la citada monografía (y como producto de un simple cálculo), la tumba de Catalina era más antigua que el Cementerio mismo, que había sido inaugurado en 1876, o sea 9 años después de la fecha que aparece en el epitafio. Se trataba, entonces, del traslado de un enterratorio anterior. Además, su antigüedad en la ubicación actual estaba más que confirmada, dado que fue quedando debajo del nivel del suelo con las sucesivas obras de pavimentación.

Por mucho tiempo, lo que yo sabía y decía de la tumba de Catalina (a quien quisiera escuchar), era lo que la monografía y la observación empírica me habían permitido. Bastante poco, por cierto; pero suficiente para considerarla un hito importante, que tuve en cuenta al elaborar un proyecto sobre la historia y el patrimonio del Cementerio.

Ese proyecto se proponía (y aún se propone) investigar diferentes aspectos relacionados con el cementerio actual y con sus anteriores ubicaciones, desde una perspectiva multidisciplinaria, para compartirlos con la comunidad, y favorecer su integración a partir del interés cultural y no del dolor de la pérdida. La idea era potenciar, o visibilizar partes “olvidadas”, principalmente de las secciones antiguas, dado que hay sectores relacionados con la historia reciente, como el 134, sobre los que el municipio mantiene una continua atención.

En el marco del proyecto, la tumba de Catalina marcaba el paso del “Cementerio Viejo” al Cementerio actual, y a lo sumo, por su fisonomía, ameritaba alguna mención a la austeridad tipológica de la época, en contraposición con los grandes Panteones de fines del siglo XIX y principios del siglo XX.

Pero nada permitía saber quién había sido Catalina Apat, salvo que había muerto el 30 de julio de 1867 a los 45 años.

El fantasma de Catalina ganó nitidez, cuando comencé a buscar datos en los libros de muertos de la Parroquia Nuestra Señora de la Asunción, o sea la Catedral de Avellaneda, que antes de la fundación del Registro Civil, se ocupaba de asentar bautismos, matrimonios y defunciones. Mientras trataba de encontrar en ellos alguna información sobre el Cementerio Viejo, encontré la licencia de inhumación de Catalina, autorizada por el Párroco Sebastián Lozano. Gracias a ella, realicé cuatro “descubrimientos”:

 

Su apelllido verdadero era Dornaletche.

Era esposa de Juan Apat.

Había nacido en Francia.

Había muerto “repentinamente”.

 

A partir de allí, comencé a bucear en otros libros, incluyendo los de bautismos y matrimonios; con ellos, pude reconstruir algunos aspectos de la vida de Catalina y su entorno. Como complemento, los registros censales de 1869 y 1895 me ayudaron en cuestiones como la ocupación y la instrucción de personas ligadas a su familia.

Las diferentes maneras de escribir los apellidos (a veces por fonéticas inverosímiles) dificultaron la búsqueda de datos, si los había. Durante semanas quizás no aparecía nada interesante, pero un día, surgía algo que renovaba las ganas de seguir buscando. Paralelamente, el notorio origen vasco francés del apellido “Dornaletche”, despertó mi curiosidad por esta región y me permitió relacionar ciertas actividades que eran recurrentes entre las personas que vivieron con ella.

Una mañana, casualmente (o no) pude dar con registros franceses que incluían no solo a Catalina, sino a sus padres, hermanos, su marido y la familia de su marido. Gracias a ellos, me acerqué parcialmente a algo que me parecía imposible: Su vida antes de llegar al país.

Con ese bagaje, Catalina dejó de ser una lápida para ser una biografía. Una biografía nada extraordinaria, por cierto; pero quizás por ello; muy ilustrativa del proceso por el cual se produjeron las migraciones internacionales del siglo XIX. De hecho, su existencia parece guiada por fuerzas históricas más que por voluntad individual; y su muerte, por una misteriosa conspiración para mantener en la memoria, al menos un pequeño pedazo del viejo cementerio.

Aún contaminada de autorreferencialidad (triste vicio de autor), esta introducción pretende ser una especie de fundamentación del trabajo que leerán a continuación. Lo guían dos objetivos de dudoso resultado, pero de sincera y apasionada elaboración:

Por un lado, contar la vida de Catalina Dornaletche, una típica inmigrante del siglo XIX; teniendo en cuenta el contexto histórico en el que nació, las características de su lugar de origen y familia; y también las causas que la llevaron a cruzar el Atlántico en busca de otras oportunidades. Todo esto sin contar las circunstancias que rodearon su muerte y la vida posterior de sus allegados.

Por el otro, narrar la historia de los lugares de enterramiento que existieron en el actual Partido de Avellaneda; teniendo en cuenta que la vida de Catalina transita diferentes etapas en lo que atañe a las costumbres funerarias: La de inhumar a los difuntos en las Iglesias, y luego en Cementerios Públicos que, en general; vivieron traumáticos cambios de emplazamiento antes de encontrar su definitiva ubicación.

En resumidas cuentas, lo que intentaremos mostrar es cómo se unen una persona con el cementerio que va a contener sus restos para la posteridad, sin omitir la curiosidad que genera el hecho que estos restos hayan llegado, hasta el día de hoy, en su sepultura original.

Para finalizar, espero que este contenido genere la aparición de otros mejor pensados y escritos que puedan reflejar la enorme riqueza patrimonial e histórica que encierra nuestra necrópolis, teniendo en cuenta que cada tumba puede albergar una o varias historias, como alguna vez escribió Sarmiento (quien también le dedicó un libro a un muerto, pero con otros fines):

 

“Cada existencia es un drama, y no habría novela tan tierna ni tragedia tan pavorosa como la que encierra bajo sus tapas de mármol cada uno de esos sepulcros. Cada uno de los que lo visitan sigue en ellos el hilo de su propia vida


[1] Se alude a la monografía de la Arquitecta Elen Hendi y la Profesora Cristina Codaro “Historia y Patrimonio en las necrópolis de Avellaneda, publicada en AAVV, “Patrimonio Cultural en Cementerios y Rituales de la Muerte”, Secretaría de Cultura Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires, 2005.

[2] Se llama “Sepultura” a la unidad mínima de división parcelaria dentro del Cementerio, su ancho es de una vara (0,86 mts), lo que aproximadamente sería el paso de un hombre adulto.


LA SEPULTURA MAS ANTIGUA

 



En el Cementerio actual de Avellaneda subsisten ecos de los viejos enterratorios, gracias a que muchas familias se tomaron el trabajo de exhumar a sus seres queridos y darles un nuevo lugar.

Por eso, en sus primeros años, el Cementerio actual debió estar repleto de lápidas y monumentos trasladados, que fueron desapareciendo a medida que las familias construían sus bóvedas y agrupaban a todos sus miembros. Los restos se reducían y se depositaban en una urna (como en el caso de Santiago Amoretti), y en algunos casos también se conservaba alguna placa (como en el caso de Lorenzo Gaete).

Sin embargo, existe una excepción a esta regla: Se trata de un corralito funerario con tres placas de mármol alineadas horizontalmente, que informa lo siguiente:

“Aquí yacen los restos mortales de Catalina Apat, que falleció el 30 de julio de 1867 a la edad de 45 años, Q.E.P.D”

Catalina era una inmigrante que venía de un pequeño pueblo del País Vasco Francés, Hasparren. Junto con su marido llegaron a la Argentina y se instalaron en el flamante partido de Barracas al Sud, donde se dedicaron a la zapatería. Tuvieron una hija que falleció a poco de nacer, víctima del tétanos neonatal.

Al morir Catalina, en 1867, su marido Jean Aphat, mandó a construir la humilde sepultura; y a pesar de ser analfabeto; pidió que se le agregue el conciso epitafio. Todo el conjunto se trasladó al Cementerio actual entre 1876 y 1878. Luego Jean se fue a vivir ya morir en Dolores.

La sepultura de Catalina era como había sido ella, una más entre tantas; pero a diferencia de las otras se mantuvo. Aunque a su alrededor se hayan levantado bóvedas más imponentes.

Paradójicamente, su ostentoso entorno no hace más que resaltarla y recordarle a los que por allí pasan, que se trata de la más antigua de todas.



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